Por: Luis Moncada // Aula23.com.mx
Me vi en sus ojos color turquesa una tarde inquieta de verano; ella iniciaba con un altruismo de santa la enseñanza de música a personas que sólo pueden ver con los ojos del alma y yo daba mis primeros pasos en las ciencias de la comunicación practicando el fotoperiodismo.
No me di cuenta de su grandeza hasta un año después, porque en mis inicios mis ceguera estaba vestida de ignorancia y no veía más allá que la nota diaria, la intrascendente que da pinceladas en la nada cuando se puede pintar una obra de arte.
Pero la vida es como la academia: te da una segunda oportunidad y esa no debes desaprovecharla.
Fue así que coincidí de nuevo con la niña prodigio Adriana Rodríguez Martínez, un día posterior a la llegada de la primavera, cuando el destino me llevó a la unidad cultural que la Facultad de Arquitectura tiene en el viejo caserón del barrio antiguo, justo en Abasolo y Diego de Montemayor.
Nada había programado, yo caminaba sin rumbo a la búsqueda de ideas por los callejones de la ciudad, hasta que me encontré en esas calles de antaño. Había soledad por doquier y la ausencia de automóviles y gente me hizo pensar en un día sin regiomontanos, sin el trajín, la dinámica, la laboriosidad y la alegría que francamente nos caracteriza.
En la obscuridad llegué a imaginar el alzamiento de un imperio de sombras que orgullosas cubrían los colores de las paredes, sometiendo la altivez que los hace irradiar destellos multicolores en pleno día con la complicidad de la luz solar.
Pensaba en la luz aliada de los arbotantes, que miembro al fin del reino de la noche, se aliaba con las sombras, para hacer del medioambiente un nicho de la nostalgia, el romance, la tristeza y por qué no de la alegría, como ocurre los fines de semanas en esas calles de antros juveniles.
Pero era lunes y la algarabía nacería de nuevo el siguiente viernes.
Al menos es pensaba yo cuando la voz y la flauta de Adriana Rodríguez llegó a mis oídos y me llevó hasta ella, como niño de Hamelín, hechizado por la belleza de su música.
Adriana dio su primer concierto de piano a los seis años, guiada por una maestra particular -en otros tiempos en que nadie se preocupaba por lo búsqueda de talentos- apoyada por su mamá Yolanda Martínez que vió en sus ojos la certeza de que llegaría a ser grande en el ámbito musical.
Pero esa noche yo ignoraba que su talento la llevó a obtener una beca para estudiar piano con el Dr. Jan Bogdan Drath y que en el Chopin Workshop de la Universidad de Texas ganó la medalla Chopin.
Simplemente estaba ahí escuchándola entonar canciones mestizas y tocar la flauta para dar vida a esos testimonios sonoros que dieron origen a la música mexicana.
Con el Ensamble Musical “signum Izcalli” Adriana nos llevó al encuentro de la música europea con la de nuestros ancestros en ritmos y voces náhuatl que entonaron toltecas y aztecas a pesar de la conquista española y que terminaría en el mariachi como producto acabado de lo que se inició en aquella época.
Adriana vestía de negro por lo solemne del acto, pero su hermoso rostro y la excelente ejecución de cada una de las piezas musicales, daban al espacio cultural un algo indescriptible que hacía sentir a los presentes como elegidos en ese momento inolvidable.
Jesús Treviño en el violín; Pedro Tavizón en la guitarra, José Lizardi en la percusión, Conztans Karadjova y Juan Ángel Rodríguez en el violoncello y la dirección, aportaron sus voces y sus talentos, ese lunes de cultura y de reencuentro.
Al terminar el concierto le pedí un momento para felicitarla y me volví a ver en sus ojos turquesa que la hacen ser poseedora de la magia de tenerlos azules en días sin nubes, y verdes en días de sombras y vestidos de primavera.
No supe que decirle porque me abrumó su belleza, pero ella, en su sabiduría, entendió que debía explicarme la trascendencia de ese momento.
Me guió por la historia de la música mestiza, me definió el concepto de ensamble, me informó de las investigaciones que realizan por poder hallar en los baúles históricos esas piezas hermosas que un día entonaron nuestros antepasados.
-Tenemos mucho tiempo unidos- dijo al explicarme su incorporación al ensamble- la idea es promocionar este tipo de música, impulsarla y pues nosotros la disfrutamos mucho.
Pocos son, comentó, los músicos que dedican su tiempo a la música mestiza, por lo que su trabajo es de los pioneros en el país.
-Tratamos de rescatar los orígenes y reflejar cómo se fue dando la música mexicana- expresó.
-Somos músicos nos gusta mucho esto- dijo al señalar que están por grabar un disco con toda esta experiencia que los ha llevado a ir de un centro cultural a otro en contrataciones de conciertos o invitaciones de centros educativos y religiosos.
-Regálame una sesión de fotos- le dije.
Días después posó ante mi cámara la niña prodigio que participó en el concierto musical “diez pianos”, la destacada flautista del coro “Shalom” de la catedral metropolitana de Monterrey y del ensamble de flautas barrocas “Viento Antiguo”.
Conviví con la alumna pianista orgullo de la Escuela Superior de Música y Danza de Monterrey, la genial maestra de la Facultad de Música de la UANL, que propuso y le fue aceptado el proyecto de educar a invidentes con amor a la música.
Al final del día quedé satisfecho de estar en sus sueños de luna y me sentí orgulloso de ser universitario y de poder verme en sus ojos color turquesa.
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